Por las calles de Miraflores
Bajando hacia la estación.
La Paris-Rubaix, con su terrible pavés.
Momentos férreos, mucho cuidadín.
No sabemos que es esa plaza de toros, pero mola.
Nuestra subida habitual, por el lado oscuro.
Atacando la primera subida.
Este zarzo no hay quien lo desate.
Exceso de calorías.
Por el nuevo camino, soleado y alegre.
Siempre paralelos a la vía.
O por encima de ella.
Guadalix de la Sierra
Esos caminos polvorientos.
Otro zarzo, este sí se abre.
Unos Mirafloranos o Mirafloreros.
Por allí se cierra la Sierra, va a tocar subir.
Granito aflorando por todos sitios.
Y haciendo curiosas formas.
Entrando en Bustarviejo, encontramos de nuevo a los ciclistas.
El Mondalindo.
Mentalizándose para las cuestas de Las Perdices.
Meter molinillo y al ataque.
El penúltimo repecho, al límite de lo ciclable.
Llegando al Collado del Medio Celemín, al límite.
Ignacio aún no se cree que ya está arriba.
Penoso paisaje, otras veces tan verde.
Comida y mensajito para casa.
Llegan los de Mammoth.
Vienen desde La Cabrera, aún frescos.
En tropel por el camino del río.
Habitualmente esta senda es húmeda y fresca.
Pero hoy es puro polvazo.
Dificultad inesperada: me río yo del pavés.
En fila y a aguantar el equilibrio.
Es como pedalear por un río, pero sin agua.
Esto es lo que hay.
Por fin se acaba el tramo infernal.
El tramo de carretera, a los ex-ruteros nos presta.
Son varios kilómetros, aprovechemos para descansar la rabadilla.
Las urbanizaciones de Lozoya.
Tomando la Senda del Búfalo.
Alguien se ha pegado un banquete de torcaz: ¿una gineta? ¿un zorro?
Esta senda es subida continua.
Aquí sale el desvío al precioso abedular.
Pese a todo, el otoño tiene sus colores.
Volveremos por aquí a la carretera.
Pero disfrutando antes los preciosos lugares.
La senda es espectacular.
Pena de arroyo, normalmente sonoro y hoy callado...
El abedul hace bonitos amarillos.
En este tramo se nos van las prisas.
Abedules blancos, de postal.
El campeón del otoño, el Arce Blanco (Acer Pseudoplátanus); Plágaro para los asturianos.