El atardecer y amanecer en los lagos de Anayet son una imagen inolvidable, según comentario de una revista.
Nosotros dejamos el coche en el corral de Mulas donde comienza el acceso…
a las pistas de ski de Anayet, teniendo que caminar unos dos kilómetros por asfalto
ya que en verano esta cerrado el acceso hasta las instalaciones.
Junto al telesilla, arranca un camino que nos lleva hasta el barranco de Culivillas
cruzandolo en varias ocaciones
iremos ganando altura
hasta notar como vamos superando algunas cumbres
y una niebla que parece atacarnos desde lejos,
pero no, este contraluz en el llano de los Ibones
deja la niebla en la distancia
y mi compañera con su camara, no atina a imprimir tanta belleza.
El Midi de Osau con su bufanda de nubes
nos invita a contemplar este espejo de plata
que refleja las últimas luces del dia
prometiéndonos un vivac maravilloso
con luna llena y un sin fin de estrellas.
A las seis de la mañana, las primeras luces…
con dos grados positivos,
empiezan a despertar
al que parece dormido valle de los Ibones
con una luz llena de vida
que embellece todo lo que toca
por lo tanto, lo que toca ahora,
es seguir disfrutando…
de ese entorno solitario
que nos sumerge en un mundo irreal,
aunque debemos pellizcarnos
y continuar hacia nuestro objetivo,
primero el collado de Anayet,
dejando en la distancia las sensaciones vividas
caminamos hacia la que parece inexpugnable cumbre, del pico Anayet
encontrando su parte más débil,
bueno, gracias al cable de acero instalado
superamos este primer tramo complicado
dejándonos en un corto sendero que nos lleva
a una chimenea de unos treinta metros,
con pasos de primer grado
que nos llevan directamente a la cumbre,
donde descargamos la adrenalina
bajo ese cielo azul
y esas cumbres que nos rodean.
La bajada, vuelve a excitar nuestros sentidos,
hay que desgrimpar
y pasar de nuevo
las zonas mas complicadas...
con esa piedra roja...
aún difícil
que nos dá la sensación
de encontrarnos en otra dimensión.
Volvemos hacia el collado
y por camino muy facil
sin tantos sobresaltos
llegamos al Vértice de Anayet,
cumbre para nosotros solos
que nos sigue regalando vistas inolvidables.
La espectacular vuelta
con una luz totalmente distinta
nos aleja con tristeza
del solitario Vértice
por ese caos de rocas
de origen volcanico.
El lago nos recibe
con su paz acostumbrada
su belleza intachable
despidiendose, como él solo sabe
dandonos tristeza y la vez alegria
por haber disfrutado
de todo ese entorno maravilloso
que deseo que vivais
animando, que os adentreis en este bello rincón.